lunes, 10 de marzo de 2014

Nuestro Quinceavo Piso



Nuestro Quinceavo Piso

Para Saori.



Tres cosas. La primero, dejar de dudar tanto. Segundo. No alocarme ni alterarme, con eso solo consigo llorar. Llorar me puede hacer sentir mejor, pero no lo suficiente cuando estoy así de confundida. Y por último, confiar en mi misma por una buena vez.



Tres simples indicaciones que trato de seguir pero que no creo. O tal vez sí, pero como no puedo llegar a cumplirlas, solo hacen que me desespere aún más. Quizá mi problema es tratar de hacer cosas que en realidad no creo. Bueno, claramente no creo tener tanta bendita suerte.



Suelto un largo suspiro sin darme cuenta, lo suficientemente alto para que alguien de la habitación me escuche. Dante no podría, duerme como una roca al otro extremo de mi cama. Y Berenice debe estar exhausta. Me volteó a la derecha y me quedo mirando a la pared, que bueno, no luce como pared porque todo está completamente oscuro. 


Si pudiera ver algo, vería esa hermosa foto de nosotros tres cuando recién alquilamos el loft. No necesito verla. Cierro los ojos y la recreo. La pequeña y flaca Berenice está colgando en el medio de nuestros hombros. Su carita brilla de felicidad y sonríe a la cámara de la manera en que se debería sonreír para una foto. Dante y yo, en cambio, sonreímos incómodamente a la cámara que sostiene él delante de los tres. Dante lleva esa casaca negra que tanto usa y tan poco lava, pero eso sí, le queda espectacular. Y yo estoy con ese overall de blue jeans que suelo usar los domingos. Mi cabello rubio macilento y sin gracia chorreado a los lados de mi cara y con un pulgar hacia arriba mientras aguanto el peso de Berenice sobre mi hombro derecho. Mi cara tan redonda como una manzana, y  mi tez tan pálida a excepción de mis mejillas encendidas de un color rojizo. Diría que odio como salgo, pero el valor de la foto vale más de que tan bien uno salga. Lucimos como una joven familia satisfecha con su nuevo hogar. Las cajas aún apiladas una sobre otra lucen como fondo en la foto y nuestras sonrisas cansadas, pero satisfechas de haberlo conseguido. Lucíamos felices, y aunque ahora entiendo que realmente nunca lo fui, se sentía bien.  En ese entonces nuestros amigos nos verían como esa pareja que adopta a una estudiante de primer año y la cuidan como su hija. Sí, éramos eso, antes de que yo dejara a Dante.



Me revuelvo entre las sábanas y el colchón viejo del apartamento cruje debajo de mi cuerpo. Me destapo y me vuelvo a tapar una docena de veces hasta que me rindo de tratar de dormir. Seguro mañana voy a dar el peor examen que se ha dado en toda la facultad de Comunicaciones. La voz de mi tía Romina suena de pronto en mi cabeza, como cada vez que soy consciente de que estoy haciendo algo malo. Decía, si no puedes dormir, es que miles de fantasmas te acechan. Tal vez cuando tenía 10 años me asustaba de que espíritus chocarreros me fueran a jalar de los pies por las madrugadas. Sin embargo, hoy comienzo a pensar que esos “fantasmas” pudieran ser más vivos que muertos y más pensamientos que pesadillas. ¿Debería seguir intentando dormir o al menos dormitar? Con un gruñido de mi estómago, salgo de la cama y rozo las palmas de mis pis desnudos contra el frio cerámico.

-¿Zoe?-una voz suave se cuela en la oscuridad. Incluso soñolienta, la voz de Berenice suena clara y serena.

-Voy a comer algo-miento y no llego a controlar el fastidio en mi voz-. ¿Quieres que te traiga agua?

-No, igual Gracias. ¿Todo bien?

Un bulto se mueve a mi izquierda y mis ojos se acomodan a la oscuridad para distinguir que Berenice se ha sentado igual que yo sobre su cama.

-Lo de siempre, Beri. Solo pensando.

-¿Ya no quieres estudiar Periodismo, no?

-Ojalá solo fuera eso-suspiro-. No te preocupes, vuelve a dormir.

-¿No tienes mañana un examen?

-Duérmete.

-Oh. Lo siento, buenas noches.

Sus finas piernas desaparecen bajo sus sabanas y siento un golpe de culpabilidad. Me levanto de la cama y antes de desaparecer por el arco de nuestro dormitorio escucho su respiración agitada.



Nuestro loft no es pequeño, aunque tenga un solo dormitorio. El cual es lo suficientemente grande para que entren tres camas y más. Una pequeña sala comedor con un balcón diminuto son nuestras zonas de esparcimiento. Un baño, dos hornillas a gas y un microondas es todo lo que necesitamos. A pesar de que es invierno y que mis pies estén congelándose igual que mis brazos por dormir en manga corta, jamás he podido dormir abrigada.



Un pequeño cuarto con una mesa para cuatro, un lavadero del siglo pasado y unos cuantos estantes con comida hacen nuestra cocina. Unos trozos de pincho de tortilla se encuentran a medio comer en un plato hondo sobre la mesa. Tienen buena pinta, pero no tengo hambre.

Apoyo mis brazos en el lavadero y trato de pensar en algo que hacer. Tal vez debería estudiar un poco, estudiar un curso que ni me interesa, por un futuro que no estoy segura de querer tener.

-Aquí en Madrid sufres más insomnio del que jamás te he visto sufrir.

-Bueno, me conoces hace cinco años. ¿Quién dice que no puedo haber sufrido más insomnio antes de que nos conociéramos?

-Estoy seguro porque lo sé todo sobre ti.

Sus palabras, como siempre, tienen un efecto agobiante en mí. Pero no porque ya no estemos juntos y  quizá lo siga amando o porque él sigue siendo tan bueno conmigo. Es culpa y cólera a la vez. Me hubiera encantado poder estar enamorada de él como sé que él lo está de mi. 


Me doy cuenta de mi extraña posición sobre el lavadero y volteo para mirarlo.

Dante es alto, no lo suficiente para ser un larguirucho jugador de básquet, sino más bien lo suficiente alto para ser atractivo y un nadador fornido. Sus cabellos lacios y oscuros le caen en ambos lados de su cara, rozando ligueramente sus hombros. Su piel parece siempre bronceada, a pesar de estar en pleno invierno. Sus ojos color miel, con una inusual expresión soñadora que me recuerda siempre a casa. A nuestra lejana Colombia.

-También sé que no puedes dormir porque estás pensando mucho.

Intento esquivar su mirada dulce antes de volver a voltearme sobre el lavadero con el pretexto de que me sirvo agua.

-¿Y conoces mi remedio? Tal vez recuerdas cosas de mi que yo ahora ignoro.

Sé que sueno hostil, pero mi mal humor no está ayudando nada.

-No quiero que me larges, así que iré de frente al grano. Tú y yo vamos a tomar un café y a relajarnos un poco en el balcón. ¿De acuerdo?

Cruzo los brazos y por primera vez en la noche siento el cansancio en mi cuerpo. Lo miro servir el agua caliente y hacer el café. Dante se siente observado y se pone nervioso. Lo sé porque cada tres segundos comienza a ocultar un mechón de su largo cabello detrás de su oreja. Sonrío a pesar de que vuelve la culpa en mi pecho.

Me alcanza mi taza roja y musita que tenga cuidado. Dante es así, siempre preocupado por mi.



Con su mano derecha, abre la rejita oxidada y me indica que me siente a su costado en el piso sucio. El balcón no tendrá más de 1 metro de ancho y lo mantenemos completamente vacío para así poder estar aquí. Vivir en el quinceavo piso de un edificio polvoriento y despintado como este puede tener sus desventajas, pero también tiene ventajas como esta vista.



Las luces amarillas de nuestra calle botan aureolas a sus alrededores que se reflejan en los pavimentos. A pesar de lo muy arriba que estoy, las luces iluminan mis pies. Una de las mejores cosas de este balcón, es que puedes introducir tus piernas a través de las rejas y balancearlas en el precipicio. El fuerte viento se cuela por debajo de mi buzo de pijamas y me estremezco de placer. Me encanta el frio.



Quisiera encontrar estrellas, pero no hay nada más que un cielo cobalto infinito con algunas espesas nubes aún más oscuras.  Hay un silencio un poco inquietante y no hay ni un alma despierta en pleno martes por la  madrugada. A lo lejos se ve las siluetas de edificios; el nuestro es increíblemente el más alto en el suburbio.



-¿Te acuerdas de la primera noche en este escondite? No pegamos ni un ojo por estar toda la madrugada aquí.

-Es un rincón solitario, pero para nosotros siempre estuvo bien.- Bebo un poco de café y mi estómago lo agradece por lo calientito que está-.

-Para mí siempre estuvo bien-me corrige y deja con cuidado su taza vacía con restos de azúcar-, para ti, de verdad que nunca lo sé.

-Entonces si vamos a hablar de porque no puedo dormir…-comienzo.

-¿Es por qué quieres dejar Periodismo? Sé que no te fascina pero pensé que después de todos estos años te gustaría al menos algo de ello..

-Y sí que me gusta. O al menos algo de los años pasados- Exasperada dejo mi taza para soltarme el cabello y juguetear un poco con las puntas-. No siento que sea lo mio y eso…realmente me desespera. Se supone que debería encantarme mi carrera, o al menos interesarme. Y todo me da igual.

-Hay razones para que todo te de igual.

Levanto las cejas en modo de pregunta, así que se explica con una pequeña sonrisa formándose en su rostro.

-Es lo que siempre dice Bere. Podrías preguntarle a que se refiere.

-Olvídalo. De ahí tendré sus sermones filosóficos.

-Deja de ser tan dura cuando hablas. Todos aquí tratamos de ayudarte.

Y de verdad lo sé. Y por eso me siento así. Malagradecida por sentirme mal con mi propia vida cuando evidentemente hay gente a quién le importo. Me termino mi café en silencio y Dante no agrega nada más.

-Sé que con solo decirte estas cosas, solo te hiero más. Pero hay algo que jamás te dije.

-¿Qué es?-musita no tan de inmediato.

-Esa noche que te dije que me iría de Bogotá a estudiar juntos, no lo dije porque quisiera realmente venir contigo-el dolor cruza su rostro por una fracción de segundo, pero luego se recompone-, o porque estuviera segura de estudiar Comunicaciones en Madrid. Yo simplemente no sabía  que camino quería y creo que tomé el único disponible sin preguntarme realmente si lo quería para mí.


Dante sostiene mi mirada por un momento que me parece eterno. Sus ojos caramelos nunca dejando los míos y cien mil recuerdos veo pasar tras sus pestañas y también ante mis propios ojos. Y cuando estoy tan cerca suyo no puedo negar que por un tiempo estuve loca por él, segura que él sería el indicado. El amor de mi vida. Y cualquiera me diría estúpida por dejarlo. Y así me siento, porque tuve la suerte de encontrar un buen chico. Pero no pude amarlo como él se merece. Él intentó siempre hacerme feliz y lo fui, pero nunca me sentí completa con él. Nunca de la manera en que sé que debí sentirme. Sin embargo, sí que lo quiero.

-Ahora déjame preguntarte algo a ti y quiero que me respondas con toda sinceridad. No importo yo en la respuesta. Ni Berenice, ni cuanto te ha costado estar aquí, al otro lado de tu casa, o cuanto miedo te da dejar todo atrás y empezar desde cero. ¿Qué es lo que realmente quieres para ti?

Sus ojos me penetran con tanta intensidad que siento las lágrimas caer por mis mejillas ni bien a terminado de hablar.

-No lo sé, Dante. Y créeme que me encantaría saberlo. Pero no soy feliz aquí. Me siento muy bien con ustedes, pese a que yo no pueda corresponderte como debería o ser la chica que conociste hace años atrás.

-Si lo sabes-me da su sonrisa, esa que por años me ha consolado y estando aquí, siento que podría quedarme y regresar con él. Tendría una vida cómoda. Cómoda-. Dime, ¿qué te gustaría hacer si no fuera imposible?

-Volar-bromeo secándome las lágrimas con el dorso de mi mano-. No lo sé. Quiero viajar, conocer el mundo. Aprender de lo que vivo. A veces creo que me iría con una maleta de pueblo en pueblo y quizá, no sé de alguna manera encontraría que es lo mío.

-Ahí lo tienes.

-Pero es algo utópico, Dante. Tendría que estar demente para hacer algo así.

-¿Quién dice que es demente? Si es algo que tú quieres, entonces es lo que debes hacer.



¿Irme así nomás? Podría sobrevivir pero no me atrevería. O tal vez es lo que necesito, hacer una locura, pero más que locura, hacer algo que realmente quiero.Ya he olvidado cuando hice algo que realmente quise, sin pensar en que mi acción dañaría a alguien, en decidiralgo que yo misma propuse, sin tener una tira de acciones determinadas y condicionadas.



-Sabes-digo después de un buen rato-, siempre me he cagado de miedo acerca de lo que quiero. Incluso de ti, nunca me convencí que fuera lo suficiente buena para estar contigo. Quizá eso me frenó a amarte.

-Hmm. No lo creo Zoe. Yo sé que me quisiste mucho y también sé que me amaste en algún momento. A pesar de todo, nadie pudo obligarte nunca a hacer algo que no quisieras. Estos meses sin estar contigo han sido los peores, pero hoy por fin pude ver tu punto. Si hubiéramos sido destinados a estar juntos no te habrías preguntado si me amabas lo suficiente o si eras feliz, lo hubieras sentido y ya.

-Siempre serás el amor de mi vida-le digo egoístamente, pero no puedo evitarlo-, de esa manera rara  en la que siento y vivo.

-Zoe-susurra y se acerca para rozarme la mejía con sus dedos que se funden en mi piel-, te amo por lo que eres y no por lo que me tienes que dar. Y prefiero siempre tu sinceridad; te amo también por eso.


Busco sus labios y los junto con los míos. Como lo he hecho millones de veces, pero nunca de esta manera tan especial. Nunca será un beso igual, ni con Dante ni con el hombre de mi vida.

Cuando me separo de su agarre, lo abrazo con fuerza y hago algo increíble. Lloro por primera vez en meses. Lloro de verdad, sin frenarme las lágrimas o el miedo. Sin comerme pequeños gritos o sollozos ahogados. Dante me sostiene fuerte y me lleno de su olor a madera y canela. El olor de mi primer amor, de mi adolescencia, de las calles de Bogotá, las clases de fotografía, las charlas de periodismo, los tres limpando nuestro loft los domingos, la sonrisa de Berenice, las olimpiadas de verano en la facultad, su cabello de él entre mis dedos, sus labios en mi cuello y sonrisas. Sonrisas de todas esas personas que dejé atrás y de aquellas que diré adiós. Y nunca dejé de querer a ninguna ni de desearles que pudieran ser tan felices como yo quiero ahora intentar ser. Y mi sonrisa, que ahora siento curvarse contra Dante, la que se ampliará porque voy a buscarme.

Marzo del 2014