La
miga, mezclada con restos de pan de yema e impregnada con diminutos trozos de
carboncillo de lápiz tipo 2B, cayó de la mesa redonda del comedor sin ser
notada. La pequeña porción de pan, arrancada por unos dedos largos y huesudos,
era solamente una parte inservible para sus gustos; arrancarla era parte de un
ritual mañanero de la familia.
Las
zapatillas de color completamente negro, revoloteaban sobre el piso de material
desconocido. Producían sobre la superficie anaranjada un sonido de sabor a
vals. La pareja negra se acompañaban, imitaban el uno con el otro un ritmo
sedante y monótono. Producían esa clase de ritmo juguetón que solo puede ser
creado por una persona que se siente libre en la vida. Y no bailaban
solas, por supuesto.
La
esposa, en silencio y con pasos largos, iba y venía de la cocina al comedor. El
esposo de zapatillas negras apenas notaba el vaivén tan apurado en que iba su
mujer. Era un martes por la mañana, uno de esos días tranquilos donde uno
necesita refugiarse entre las letras, pues el mundo, por fin y después de
tantas guerras, ha decidido callarse. Por eso el esposo estaba sumergido;
de ratito en ratito, se quitaba los lentes que mejoraban a secas su miopía y
los intercambiaba por los que mejoraban su presbicia. Y entre esos ratitos y
ratitos, pasaron horas y horas sin que el esposo de cabello gris se diera
cuenta de la notable ausencia del ir y venir apurado de su esposa. Fue en uno
de esos intercambios de lentes, cuando no pudo encontrar el par de los de
miopía, que se dio cuenta que Paca no estaba. Le habló al aire y refunfuño como
si ella estuviera en la casa; ¿Quién había cogido sus lentes? De pronto, el
sonido estrépito que produjo la puerta de entrada al cerrarse hizo que
saltara de su asiento olvidando su molestia.
Una
niña morena apareció en la escena. Llevaba un vestidito hasta la rodilla de
color amarillo pastel y su cabello castaño oscuro lo llevaba recogido en dos
moñitos blancos. Inmediatamente cuando lo vio, sonrió y corrió hacia la redonda
mesa de madera, donde su abuelo estaba sentado. La niña apenas llegaba a la mesa,
sin embargo, eso jamás la detuvo de curiosear. Apoyando sus manitos al borde
del círculo y poniéndose en puntillas, quiso husmear lo que hacía su abuelo.
Esto no era sorpresa para la pareja de esposos, pues su nieta siempre se
mostraba preguntona y muy curiosa. Ella no quería ser vista como fisgona; ella
no se daba cuenta de lo que era. A veces, para que ellos no se dieran cuenta,
rebuscaba a hurtadillas entre los papeles viejos y cajas polvorientas solo por
el simple placer de descubrir cosas nuevas. Ella juraría que nadie se daba
cuenta, pero la sonrisa cómplice de su abuela en una foto le revelaría en el
futuro lo contrario.
El
esposo se dio cuenta que su nieta quería ver lo que hacía, así que la cargó, levantándola
de las axilas para poder sentarla sobre sus piernas. Pero la nieta pataleó: no
le gustaba que la carguen. Un poco molestó el abuelo, la volvió a posar en el
piso. Ella le explicó que podía subir a la silla sola, pero no agregó nada más.
Entonces, su abuela también apareció en escena, cargando una pequeña lonchera
color amarillo patito, que, de cierta manera, combinaba con el vestidito de su
nieta. La niña, como si estuviera sincronizada, volteó en el preciso momento en
que su abuela entró a la sala. Ella sabía que su abuelita no podía cargarla: ya
pesaba mucho. Sin embargo, sus grandes ojos verdes oliva se posaron en los
suyos, y con sus brazos extendidos hacia arriba, su abuelita la llegó a
levantar apenas, pero lo suficiente, para que alcanzara la silla.
La
mesa del comedor estaba divida entre comida y papeles. Al lado derecho, existía
una maraña de libros, hojas bond manchadas de café con leche y periódicos
doblados. Su abuelo se encontraba a ese lado de la mesa, su vista ahora atraída
por un periódico. El lado izquierdo estaba medio lleno con una panera que
funcionaba como guarda todo menos de panes. Destacaban en su interior los
toffees sabor chocolate, las aspirinas y las cápsulas de uña de gato. La
niña, ya impaciente, le preguntó a su abuelo sobre las figuritas en blanco y
negro del papel que éste leía. Ella sabía, aun a su corta edad, que era
preferible no comenzar conversación, pues su abuelo hablaría por horas. Pero
había algo en todo aquello que hacía que le encantara escucharlo y que quisiera
preguntarle de todo. Bueno, pero cuando se aburría, tenía que maquinar en su
pequeña cabeza cómo librarse del sermón. Volviendo a la escena, su abuelo se
dispuso a prestarle atención, y con un movimiento de muñeca, colocó la hoja
suelta del periódico al frente de su nieta. Ella lo miró extraña, pues no
reconocía más que figuritas en blanco y negro de señores barbones y sobre todo
muy viejos.
-¿Quiénes
son esos?
-Bueno...Él
es René Cassin, Premio Nobel de la Paz 68 y este otro es mmm creo que podría
ser Buisson o Briand, no estoy seguro.
La
niña reflexionó por unos instantes y luego hizo otra pregunta:
-¿Y
por qué los estás mirando?
-Bueno-cogió
sus gafas para la presbicia y se las colocó al frente de las dos bolas
celestes-, este es un Geniograma, es como un crucigrama donde ponen imágenes y
una serie de cosas para que las personas puedan responder y si lo haces bien te
dan un premio.
-¿Y
ya has ganado uno?
-No.-Su
risa sonó fresca, a pesar de que luego ésta se convirtió en una pequeña toz-.
Por eso sigo llenándolos. No es tan sencillo ganar. Verás, hay miles de personas
que lo llenan y luego de un sorteo se elige un ganador. Pero eso no importa
tanto, me divierto buscando las respuestas y adquiriendo una serie de
conocimientos.
-Ah
ya.
La
niña quito la vista de su abuelo y miró el Geniograma esta vez muy concentrada.
Todavía no sabía leer y, aunque se moría por entender esas letras sin sentido,
no lo consideraba muy importante.
-¿Y
todos ellos saben qué salen en todas partes?
-No
lo creo. Mucho de ellos están muertos.
-Ah
ya.
-Pero
son personas importantes que hicieron unas genialidades o cosas que
hicieron que se hagan famoso, por eso los podemos reconocer, por su éxito y
fama.
-¿Tú
sales?
-No-volvió
a reírse-, yo no soy famoso. Pero he hecho el Geniograma desde su primera
edición.
-Ah
ya. ¿Entonces tú no puedes salir?
-¿En
el Geniograma? No. Pero si podría salir como parte de una noticia, depende del
caso.
-¿Y
si yo quiero salir?
-Mira-cogió
el recorte y le puso ahora la portada del diario El Comercio-, el Geniograma viene casi todos los días en el
periódico. Por eso lo compramos, pero además para leer las noticias. SI tu
quisieras, podrías salir porque eres exitosa o por escribir.
-¿Pero
las noticias no salen en la tele?
-También.
Pero es diferente. Aquí las redactan y ponen fotos. También hay opiniones y
reportajes sobre una serie de personas de corte académico, actores o algún
político que se quiere colar.
-¿Y
todos los leen?
-Bueno,
no todos. Pero sí una gran mayoría. Tu abuela y yo lo recibimos todas las
mañanas.
-¿Cuándo
todos se despiertan?
-Más
o menos. Generalmente es tu abuela quién lo recibe.
-¿Podré
leerlo cuando aprenda a leer?
-Claro.
Pero puedes aprender intentándolo ahorita, mira esta es una a y esta...
-No
no no-lo cortó-, prefiero que me enseñen en el colegio grande.
-Pero
puedes aprender ahorita, es cuestión que te lo propongas-dijo un poco
fastidiado.
-Pero
no quiero ahorita...
En
ese momento, apareció su abuelita y apoyó sobre la mesa su brazo derecho. La
niña se los quedó mirando mientras conversaban acerca de algo que no logró a
entender. Paca se sentó en la silla izquierda y cogió el otro pedazo del
periódico. No pasó mucho rato para que la niña se aburriera de ver a sus dos
abuelos leer y, sin hacer ruido alguno, salió en busca de sus juguetes,
olvidando el tema del periódico por completo.
Una
hora más tarde, ella regresaría al comedor. Volvería a apoyar sus dos manitos
sobre el borde de la mesa y se impulsaría con sus pies para ver bien que había
sobre la mesa. Su abuela la estaría llamando para salir a comer algo, y la
silla siempre ocupada por su abuelo, ahora luciría vacía. Pelliodicos, pensaría
mientras alargaría su brazo derecho para coger el primer papel que
alcanzara. Lo cogería y trataría de leer. El papel luciría ya arrugado y con
muchas fotos; lo único que reconocería serían personas que ya no aparecían
serias o sin color. Apurada con el llamado de su abuela, sabría que tenía que
bajar para irse. Dejaría sobre la silla el trozo de periódico y correría cuesta
abajo. Habría el mejor silencio del mundo. La escena de la sala se quedaría
vacía. Ya sin abuelo, sin abuela y sin nieta. Un par de migas caerían sobre el piso
de material desconocido, pues un viento fuerte entraría por la mampara
abierta que daba a un balcón. Algunas páginas de periódico volarían también por
el viento, y algunas otras serían retenidas por los libros, lápices y la
panera.
En
este pintoresco cuadro, en esta, me parece, pintoresca escena, la niña volvería
a aparecer. Volvería a apoyarse sobre la mesa, que poco a poco había
sobrepasado en tamaño. Cambiaría la panera, los periódicos, los remedios
y hasta el vidrio que cubría la mesa. Y un día, 15 años después, la niña
expandiría en la mesa su periódico para poder leerlo. Cada vez que abriría una
página se acordaría de ellos. La niña jamás hubiera imaginado que algún día,
sobre esa misma mesa redonda de madera, pero ya sin ellos, soñaría escribir
para esas páginas opacas, imaginando que, en un futuro no tan lejano, sus
letras también volarían con el viento.
21 de mayo del 2014