Ayer leí que a veces es mejor escribir sin corregir.
Con todas las frustaciones que nos causa el lenguaje, que nunca será suficiente.
Ni a mí ni a nadie
Te escribo esto porque de todas maneras nunca podré
escribirte. Ni como quiero en este momento, ni como tal vez quiera mañana. Te dejé
esa madrugada, con tan solo una gastada sabana cubriendo tu torso. Te veías
tranquilo. Demasiado. Al respirar, tu pecho se hundía y jamás se elevaba. Eso
fue lo que más me llamó la atención. ¿Cómo es que entonces respirabas? ¿Cómo es
que tu estómago se mantenía quieto y tus costillas saltaban? Me vestí. No fue
fácil porque ya sabes cómo odio la ropa que dejo guardada en tus cajones; son
las que peores me quedan, las más holgadas y todas tienen ese olor aserrín. No importa, tenía que irme
porque tu ya te habías ido. No necesitabas ni nota, ni un beso de buenos días
ni tampoco un discurso de perdones.
Te volví a encontrar unos meses después. Vestías esa casaca
de jean que, de tanto usar, cuando la lavaba, el detergente se intoxicaba con
tu olor. Tu pantalón caqui no lo reconocí, pero tus gafas negras, siempre
guardadas en tu bolsillo derecho, así hubiera niebla o sudor. Recorrías con la
vista la vereda que tenías al frente. Los carros pasaban, casi como si
estorbaran en la imagen, así que con fastidio, tratabas de evitarlos. Con los
hombros casi juntos, y las manos en los bolsillos te apoyabas en el semáforo.
Cuando cambiaba a rojo, las personas te estorban la vista ahora, pero ni ellas
se inmutaban, ni tu les prestabas atención. Una de esas personas era yo.
Caminaba como siempre lo hacía, dando saltitos cada ciertos pasos, balanceándome
ligeramente mientras caminaba. Me había pintado el cabello, en ese entonces, de
un color azul marino. Lo llevaba sujeto con una coleta y ni así me viste. No me
pregunté porque no me mirabas; sabía que no podías verme, ni a mí ni a nadie.
Crucé y te miré a los ojos.
Me hacías reír y no sé porque. Esa noche olía a aserrín,
como siempre, y estabas cocinando con una camisa vieja puesta y desabotonada
casi por completo. Me acerqué por detrás y rodeé mis brazos por tus caderas. Estabas
helado y te lo comenté riendo mientras mi mejilla se helaba con el roce de tu
camisa. Te gustaba andar desnudo por toda la casa, esa excepción te habías
puesto la camisa para cocinar, porque la ampolla que medía más que tu palma te incomodaba demasiado, más porque sabías que
tenía razón. Esa costumbre de andar desnudo te va a causar daños, te previne la primera vez que me quede a
dormir. Y así, cada mañana, lo repetía, atascando las palabras, cambiando los
tonos y formas. Pero nunca me hiciste caso. Hasta que un día el aceite te asaltó y tu
grito nos dolió a los dos.
Nos sentamos a comer, sonreías de costado y me encantaba que
no dijeras palabra mientras comía. Sabías muy bien que si lo hacías, me daba
hipo. Cenábamos en silencio y nunca imaginé que el silencio dijera tanto y los
gritos tan poco. Por eso, esa noche empezamos a gritarnos. Peleábamos muy poco,
¿lo recuerdas? Pero esa noche no sé que nos pasó. Comenzaste a contarme acerca
de tu novela nueva, de los egoístas y ruines que serían tus protagonistas,
porque estabas harto del héroe de la historia y de los sufridos líderes.
Querías un bastardo, un imbécil que violaría princesas y que creciera con odio.
Yo te dije que la historia no me gustaba. No te enfureciste, solo enmudeciste.
Entonces te pusiste la primera camisa que encontraste y te hechaste a dormir. Te
grité y te dije lo mucho que odiaba que nunca me dijeras nada.
Quiero terminar de escribirte. De explicarte por que no
puede tener coherencia ni esta carta ni nuestros recuerdos. Fuiste y viniste, y solo fuiste imposible. Y
es que, desde ese día en que dijiste quedata, supe que jamás te encontraría y
que me iría.
Así que cruce sin mirarte a los ojos. Volteé, si acaso
tendría alguna oportunidad de que te hubieras dado cuenta. Las sorpresas son
aquellas que esperas y no encuentras, me dijiste aquella vez. Fue tu final para
nuestra discusión, para nuestra única discusión.
Y ahora te escribo una carta. Ya voy a terminar y he aquí el
motivo: no necesitas entenderla. Te la envío para saber que puedo volver a estar
contigo. No espero tu reacción, la mía es ya suficientemente lenta para poder
decirte el adiós final por estos medios. No aprendimos la lección. Tú eras mi
única excepción. Lo haría todo al revés por ti. Y por ti también todo se movió.
Pero tú nunca me quisiste, ni a mí ni a nadie. Por ahora, adiós.