domingo, 23 de febrero de 2014

Promesa Incumplida



Se despertó de golpe jadeando. No había ni rastro de luz en la habitación.  Su habitación. Aun temblando, retiro las pesadas sabanas que la cubrían hasta la frente. Con impaciencia junto sus rodillas y las rodeo con sus sudorosos brazos.  Ella quería gritar, pero no salía palabra. No es real se repitió para sí misma. Lo repitió hasta que notara que su voz adquiriera cierta normal inflexión. Pero su pesadilla sí era real.  Ella no tendría un futuro con él. 

Por fin abrió los ojos y espero a que estos se acomodaran a la oscuridad para salir de la cama. Supuso que sería de madrugada y no se molestó en buscar su celular para verificar la hora. Porque cualquier contacto con la realidad la devolvería a ese estado.  

Se acercó al umbral de la puerta, y tanteando con sus dedos gélidos, buscó el interruptor para prender la luz. Con un suspiro revisó con parsimonia cada parte de su cuarto: su enorme cama vacía con las múltiples sabanas arrugadas, su escritorio ordenado con obsesión, unas cuantas cartas escritas por ellas, apiladas y ordenadas junto a su laptop. Cartas escritas para un destinatario que parecía no existir cuando se acordaba de que no existía el dónde. Ni el porqué, recordó.

Los primeros días se mintió a si misma. Se ausento de la opinión de los demás, se encerró en esperanzas. Cuando los días le exigieron que deje de contar días y que contara semanas, su corazón comenzó a tener un peso antes no reconocido por su cuerpo.

Se ha ido sin ti.

Se quito la camiseta de pijama y también el pantalón de polar. Tiró la pijama mojada por el sudor al lado de la cama, y se echo sin preocuparse en secarse la espalda siquiera o en ponerse una prenda seca.

Volvió a repasar todo en su mente. Cuando el volvió a la ciudad y le sonrío en el primer momento en que sus ojos se encontraron. Volvió a llamarla, volvió a cuidarla. La envolvió en sus brazos por primera vez y con una sonrisa le prometió el para siempre. Como poco a poco su risa quedó impregnada en su cabeza, y como su olor nunca se iba de ella. Y volvió todo lo que una vez soñó y logró cumplirse. Sus labios sobre los suyos, sus manos sobre su espalda y los dedos de ella enredados en sus rulos castaños.

Pero él se ha ido.

Sintió un incómodo frio y decidió que era mejor ponerse algo, que dormir completamente desnuda en pleno invierno. Con plena nieve cayendo y acumulándose en su ventana. En la entrada de su casa. En las tejas gastadas del techo. En su corazón también. Volvió a levantarse y cogió un polo gastado y arrugado. Era dos tallas más grande que la suya. Probablemente le hubiera quedado a él.

Mierda. Se ha ido y yo lo recuerdo hasta en mi ropa.

Se acercó al escritorio y de un arranque rompió en pedazos las cartas. Arrugó con las palmas de sus manos esas palabras que fueron escritas por sus propios dedos. Cada palabra le costó tanto que se obligó a si misma a frenar esas lágrimas calientes que comenzaron a rodar por su mejilla.

Se ha ido hace más de dos meses y yo sigo extrañándolo. Como una estúpida que no puede superar que perdió un amor.

Llorando, botó los papeles rotos y arrugados en la papelera debajo del escritorio. Se obligó a mirarse al espejo. Recordó de pronto que cuando quería dejar de llorar bastaba con su mirar su tristeza para limpiar sus lágrimas. Ella nunca era tratada como débil. Sólo él había logrado que se sintiera débil.

“Nunca dejes que alguien lo sea todo para ti, ni siquiera yo que soy tu madre. Tu siempre debes ser tu propia prioridad.”

-Lo siento mamá. No pude hacerlo.