Se despertó de golpe jadeando. No
había ni rastro de luz en la habitación.
Su habitación. Aun temblando, retiro las pesadas sabanas que la cubrían
hasta la frente. Con impaciencia junto sus rodillas y las rodeo con sus sudorosos
brazos. Ella quería gritar, pero no
salía palabra. No es real se repitió
para sí misma. Lo repitió hasta que notara que su voz adquiriera cierta normal
inflexión. Pero su pesadilla sí era real.
Ella no tendría un futuro con él.
Por fin abrió los ojos y espero a
que estos se acomodaran a la oscuridad para salir de la cama. Supuso que sería
de madrugada y no se molestó en buscar su celular para verificar la hora. Porque cualquier contacto con la realidad la
devolvería a ese estado.
Se acercó al umbral de la puerta,
y tanteando con sus dedos gélidos, buscó el interruptor para prender la luz. Con
un suspiro revisó con parsimonia cada parte de su cuarto: su enorme cama vacía
con las múltiples sabanas arrugadas, su escritorio ordenado con obsesión, unas
cuantas cartas escritas por ellas, apiladas y ordenadas junto a su laptop.
Cartas escritas para un destinatario que parecía no existir cuando se acordaba
de que no existía el dónde. Ni el porqué,
recordó.
Los primeros días se mintió a si
misma. Se ausento de la opinión de los demás, se encerró en esperanzas. Cuando
los días le exigieron que deje de contar días y que contara semanas, su corazón
comenzó a tener un peso antes no reconocido por su cuerpo.
Se ha ido sin ti.
Se quito la camiseta de pijama y
también el pantalón de polar. Tiró la pijama mojada por el sudor al lado de la
cama, y se echo sin preocuparse en secarse la espalda siquiera o en ponerse una
prenda seca.
Volvió a repasar todo en su
mente. Cuando el volvió a la ciudad y le sonrío en el primer momento en que sus
ojos se encontraron. Volvió a llamarla, volvió a cuidarla. La envolvió en sus
brazos por primera vez y con una sonrisa le prometió el para siempre. Como poco
a poco su risa quedó impregnada en su cabeza, y como su olor nunca se iba de
ella. Y volvió todo lo que una vez soñó y logró cumplirse. Sus labios sobre los
suyos, sus manos sobre su espalda y los dedos de ella enredados en sus rulos
castaños.
Pero él se ha ido.
Sintió un incómodo frio y decidió
que era mejor ponerse algo, que dormir completamente desnuda en pleno invierno.
Con plena nieve cayendo y acumulándose en su ventana. En la entrada de su casa.
En las tejas gastadas del techo. En su corazón también. Volvió a levantarse y
cogió un polo gastado y arrugado. Era dos tallas más grande que la suya.
Probablemente le hubiera quedado a él.
Mierda. Se ha ido y yo lo recuerdo hasta en mi ropa.
Se acercó al escritorio y de un
arranque rompió en pedazos las cartas. Arrugó con las palmas de sus manos esas
palabras que fueron escritas por sus propios dedos. Cada palabra le costó tanto
que se obligó a si misma a frenar esas lágrimas calientes que comenzaron a
rodar por su mejilla.
Se ha ido hace más de dos meses y yo sigo extrañándolo. Como una estúpida que no puede superar que perdió un amor.
Llorando, botó los papeles rotos
y arrugados en la papelera debajo del escritorio. Se obligó a mirarse al
espejo. Recordó de pronto que cuando quería dejar de llorar bastaba con su
mirar su tristeza para limpiar sus lágrimas. Ella nunca era tratada como débil.
Sólo él había logrado que se sintiera débil.
“Nunca dejes que alguien lo sea
todo para ti, ni siquiera yo que soy tu madre. Tu siempre debes ser tu propia
prioridad.”
-Lo siento mamá. No pude hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario